¡¡Ah, recuerdos y remembranzas!!

A falta de algo mejor que publicar en mi blog, cómo no, recuerdos de mi vida Scout…, y sí, alguna vez fui niño ñoño.

Lección Número Cero para Scouters Novatos (y uno que otro Veterano): Jamás de los jamases permitas que una actividad inicie sin que las reglas que la manejarán sean correctamente entendidas por los participantes, y sobre todo, CUIDA MUCHO CÓMO EXPRESAS TUS ÓRDENES; además, nunca jamás descuides el trabajo de tu Sección, por muy urgente que sea lo que vayas a hacer. Esto viene a cuento por dos anécdotas muy ilustrativas de éstos énfasis en especial.

En mi época de Lobato (1972 - 1977) ya comenzaban los experimentos para realizar actividades un poco menos “anticuadas” y más atractivas para los Muchachos en general, lo cual llevaba a los Viejos Lobos de nuestra Manada a exprimirse los sesos y diseñar actividades que nos dejaran algo más que moretones. Y tuvieron la fantástica idea de reunir a los Lobatos, formar pequeños equipos agrupados por interés, darnos material para hacer nuestra propia “Galería de Arte Abstracto”. Obviamente, estábamos más que emocionados, salir de la rutina de los juegos rudos y las historietas aburridas y hacer algo novedoso. Akela y los Viejos Lobos nos dieron hojas de papel rotafolio y cantidades más que enormes y generosas de engrudo teñido con anilina de diversos y variadísimos colores; uno pintaba un paisaje, otro plasmaba su recuerdo más vívido de un campamento, otro hacía que las plastas de engrudo coloreado parecieran lejanamente un bucólico cuadro con perros y gatos. Pero no faltó el original que preguntó

– Akela, ¿y que puedo pintar?

– Pues pinta a tu familia o a tu hermano, tras lo cual el Lobato se aleja contentísimo porque ya tiene un tema para su “obra de arte”.

Akela debía estar en una junta de Distrito, y les encarga a sus Viejos Lobos que cuiden a los Lobatos. Regresa después de una hora y va a darle la vuelta a sus Lobatos. Menuda sorpresa se llevó cuando observa que el HERMANO del Lobato que le había preguntado sobre el tema de su pintura estaba cubierto por una capa uniforme de colores verde, amarillo y rojo. Huelga decir que Akela se ha llevado una enorme regañada por parte de la madre, el uniforme completo del Lobato pintado para lavarlo y devolverlo prístino como una mañana de los Alpes suizos antes de la siguiente junta, una reprimenda terrible por parte del Jefe de Grupo y el recuerdo de las humillantes risas de todos los integrantes del Grupo. Y a todo esto te preguntarás, querido lector: ¿dónde diablos estaban los otros Viejos Lobos? Lo que recuerdo es que uno de ellos, al ver que el Jefe desaparecía en la lejanía, se fue al cine con su novia, y la otra muchachita tan inexperta como joven, se había dedicado a flirtear con el Jefe de Tropa.

La otra anécdota es la siguiente. Mi Tropa de Scouts (1977 – 1982) se preciaba de ser la de mejor técnica del Distrito, así que no faltaba la Tropa o Patrulla que llegaba a nuestro Local para medir destrezas y salir más sabios y derrotados; nuestro Jefe de Tropa (q.e.p.d. †) era un tipo chaparrito, nervudo, delgado y muy enojoncito, pero además de todo, exigente como pocos y no aceptaba menos que la perfección, y todos los demás jefes de tropa del Distrito lo admiraban porque había logrado la doma de los Potros de Hiparión. Pero lo que no sabían es que gran parte del secreto de su liderazgo con los Guías era que les daba instrucciones CLARÍSIMAS del trabajo a desarrollar, además de exigirles que nos las transmitieran fielmente. Excepto una sola vez.

Estábamos en un campamento llamado pomposamente “Preparación del Jamboree”, porque se suponía que de nuestra Provincia irían varios elementos al Jamboree de Australia (entre ellos, yo mismo. Pero ésa es otra historia…) y debían estar perfectamente preparados; se habían invitado a las Tropas de La Laguna I, Puebla-Tlaxcala y algunas otras que también participarían en el evento internacional. En Texcoco, donde estábamos acampados no había NADA de agua, ni señal de civilización en kilómetros a la redonda, vamos, ni postes de energía eléctrica. Habíamos cargado como húngaros una tiendota de campaña de lona con postes (más bien, viguetas) de madera donde cabía toda nuestra Tropa cómodamente por alrededor de 12 kilómetros, no tanto porque nadie nos hubiera querido ayudar, sino porque tercamente nuestros Guías dijeron que si no la cargábamos, no dormiríamos en ella (de hecho, no llegamos a dormir a ella hasta la tercera noche, pero como decía Doña Chonita “esa es otra historia”). Llegamos a nuestro destino y plantamos la dichosa tiendota, carpa circense o como quieran llamarla, no sin esfuerzos y una que otra mentada de madre a la tejedora de tan pesada tela y a los leñadores que cortaron los árboles para las viguetas.

Una vez que nuestro campamento estaba correctamente armado, cercado, acondicionado y provisto de las astucias de campamento regulares en nuestra Tropa, amorosamente realizadas por los Pietiernos y los Subguías (lo cual no nos garantizaba absolutamente que funcionaran) nos dispusimos a hacer acto de presencia en nuestra primera actividad, coordinada y diseñada por nuestro insigne Jefazo de Tropa. Nos formamos y recibieron los Guías un mapa con una ruta trazada tan diabólicamente que ni los Rangers del Ejército de los Estados Unidos la hubieran podido seguir sin morir en el intento, junto con la instrucción que se debía estar en el punto de reunión final a una cierta hora del día siguiente; pero lo que nunca especificó era que debíamos seguir rigurosamente la ruta trazada en el mapa, porque ya había varios jefes de tropa esperando para tomar tiempos, reportes, y hacer actividades de descanso. Nuestros Guías de Patrulla, al ver que la ruta era muy tortuosa, decidieron que nuestra Tropa debía hacer su propia ruta, lo más recta y sin tantas vueltas y revueltas como estaba planteada en el mapa. Se dio la salida y fue la última vez en el día que nos vieron el pelo; seguimos a nuestros Guías, avezados lectores de mapas y trazadores de rutas, aprendiendo de ellos y disfrutando de una caminata que estábamos seguros, era mucho mejor y más descansada que la de aquellos que habían seguido la ruta trazada a rajatabla. Con lo que no contábamos era que los jefes encargados de los puestos intermedios estaban comunicados con radios de onda corta, y al notar que no llegábamos a las bases propuestas, habían organizado una búsqueda de toda una tropa en las cañadas que rodean Texcoco.

Nuestro Jefazo ya estaba punto menos que al borde del colapso nervioso cuando a las 10 de la noche no había tenido siquiera una somera idea de dónde carámbanos estaba SU Tropa completa, ni porqué nadie nos había siquiera atisbado. Nosotros a esa hora, ya habíamos degustado nuestra cena, descansábamos antes de iniciar otra marcha de al menos dos horas más y nos encontrábamos felices y seguros en medio de la nada. A las seis de la mañana del día siguiente, reiniciamos la marcha, no sin antes encomendarnos al buen adiestramiento en trazo de azimuts (o rutas, pues) de nuestros Guías. Para las 8 de la mañana, todos los Jefes de Tropa ya nos habían buscado toda la noche, sin habernos encontrado (dos de ellos habían pasado a menos de un kilómetro de nuestro campamento) y sin saber ni tener la menor idea de qué o dónde estábamos. Finalmente, a las 11 de la mañana, llegamos al punto final, con tan buena suerte que nuestros mentores no se encontraban en el lugar, además que llegamos por un lugar diferente al que nos hubiera llevado a toparnos de frente con ellos. Descansamos, armamos pequeños refugios para cubrirnos del sol, y los más de nosotros dormimos a pierna suelta para esperar a los demás. La enorme sorpresa fue para nuestro Jefe que estaba llegando media hora después de nuestro arribo, llorando y gimiendo como una magdalena porque nos había encontrado. Cuatro horas de regaños y recriminaciones después, llegaron las primeras tropas al lugar de reunión; justo es decir que la nuestra fue despojada ignominiosamente del primer lugar por llegar antes, cambiándolo por una mención honorífica por haber trazado la mejor ruta posible en un mapa.

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