La cena de navidad de ayer (ojo, siendo ateo no celebro la navidad, ¿vale?) fue el culmen de un día de limpieza ajetreado y reconfortante.
La compra de los manjares que degustaríamos en la cena corrió a cargo del miembro más joven de la casa, mi hijo Israel, y como él tenía antojo de pollo, y no había presupuesto en la mañana para que me pusiera a cocinar, optó por acercarse a la casita del Coronel Sanders más cercana a la casa, adquirir una buena cantidad de pollo frito estilo Kentucky con sus acompañamientos, y disfrutar de una cena en familia (Abuela, padre, hijo y gata). Con lo que no contaba es que la persona que lo atendió o ya estaba muy cansada o de plano era estúpida, por que querían forzarlo a comprar un paquete más grande del requerido, y después de la consiguiente sesión de gritos y sombrerazos, le dieron lo que él pidió y que ya había pagado.
A la hora de la cena, nos dimos cuenta de la sutil y cruel venganza de la persona que lo atendió..., junto con UNA pierna, UN muslo y UN pedazo de pechuga, había dos pedazos de huacal y SEIS alas. Tomando con humor éste hecho innegable y para amenizar nuestra GLORIOSÍSIMA cena de navidad, comentó: "¡¡Pinche pollo, parece helicóptero por tantas alas!!". Y desde ahora, la cena de navidad del 2009 será siempre recordada al son de la "Cabalgata de las Valkirias" de Richard Wagner como la Cena del Pollo-Helicóptero.
Los pensamientos, necesidades, dudas, descubrimientos, tristezas, alegrías de una persona nacida en 1964, en el mes de agosto.
viernes, 25 de diciembre de 2009
El Helicóptero de Navidad.
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lunes, 14 de diciembre de 2009
Las Navidades del Dragón de Madera.
La época invernal para mí siempre ha sido una de las más felices, independientemente de su contenido. Simplemente, ODIO el calor, y cualquier clima que no me haga sudar como verraco para mí es bueno o excelente. Pero específicamente, tengo tres o cuatro navidades grabadas a fuego en la memoria...
La primera, tendría como 8 o 9 años, y había descubierto que existe un deporte llamado Football Americano. Me fascinaba ver las formaciones de los jugadores, las jugadas espectaculares, fuí testigo presencial (bueno, por televisión) de la llamada "Inmaculada Recepción" de Franco Harris para ganarle a los Raiders de Oakland, la Cortina de Acero...; así que ésa navidad le pedí a Santa Claus un equipo completísimo de jugador de football americano, hombreras y casco incluídos. En ése entonces, inocente como era yo (he de decir que me identifico mucho con el chiste ése de "¿De qué se ríe Santa Claus? De las cartitas de los niños pobres.) suponía que Santa Claus haría lo imposible para cumplir mi deseo. Me había portado bien todo ése año (salvo una que otra travesura), tenía excelentes calificaciones y sobre todo, obedecía ciegamente las órdenes de mis padres (bueno, casi...), así que no tenía excusa para no traerme el regalo solicitado. Lo que no contaba era con la astucia del buen panzón de rojo. Al pie del árbol de navidad ése año, amaneció el más completísimo equipo de football americano, encarnado en un reglamento de dicho deporte y un reluciente balón oficial... y nada más. Chasco de chascos, a mi hermanito sí le trajeron sus patines, lo que me dió mucho coraje por que apenas sabía leer y no pronunciaba correctamente la "R".
Pero cinco años después tomé venganza. Ya estaba yo bastante peludito (el hecho de afeitarte a los 13 años no es para desdeñarse) y sabía LA VERDAD. Santa Claus y los Reyes Magos son los papás. Obviamente, esperé hasta el día 23 de diciembre para decirle a mi hermano, que anduvo llorando y deprimido todo el día. Y lo reté a quedarse despierto junto al árbol para comprobar la verdad. Después de la cena en casa de mis primos más grandes, regresamos a casa, y yo me dirigí tranquilamente a mi cama mientras mi hermano se llevaba cobijas y almohadas para "velar junto al árbol" y descubrir a mis padres poniendo los regalos bajo dicha planta. Obviamente, mis sabios progenitores SABÍAN que yo había hecho mi diablura y también se dirigieron a dormir (supongo yo) sin dejar los susodichos regalitos. Grande fue mi regocijo la mañana siguiente por la megagripa que había pescado mi hermano, la total ausencia de juguetes y más todavía por que gracias a mis ahorros me había comprado mi primer reloj de pulso y lo estaba estrenando muy ufano. El berrinche de mi hermano fue tal que creo que desde ahí tiene el tono de piel verdoso que lo distingue y le ganó el mote de Sr. Spock entre los cuates.
Como ya lo expresé en otra entrada de mi blog, mi padre murió un 21 de diciembre, así que ése año la navidad se contentó con una cena como del diario, triste, callada y llorosa. Pero al día siguiente 25, con toda la rabia que un adolescente puede contener, me dediqué a quitar el nacimiento que tradicionalmente pone mi madre. Al ver ésto, mi progenitora me recriminó y le contesté "No tiene caso tener éste adorno ahora, extraño a mi padre y ningún dios me lo devolverá jamás". Creo que hasta cierto punto mi madre entendió el punto y no dijo nada más.
Y la última, simplemente travesura. Vivía con mi tercera esposa y sus hijas estaban pequeñas, lo suficiente para todavía tener la ilusión de los regalitos, juguetes y demás. Se me ocurrió la broma de comprar TODOS los regalos y esconderlos por toda la casa, dentro de los clósets, el refrigerador, el horno, y hasta en la caja de arena del gato. He de decir que fue la navidad más divertida para muchos, y sobre todo, la que más sorpresas tuvo.
Y así, tranquilamente y sin prisas, sin más presión que el de saber que no hay nada qué celebrar salvo nuestra propia Humanidad, la navidad ha pasado a un tercer y cuarto plano en mi persona.
La primera, tendría como 8 o 9 años, y había descubierto que existe un deporte llamado Football Americano. Me fascinaba ver las formaciones de los jugadores, las jugadas espectaculares, fuí testigo presencial (bueno, por televisión) de la llamada "Inmaculada Recepción" de Franco Harris para ganarle a los Raiders de Oakland, la Cortina de Acero...; así que ésa navidad le pedí a Santa Claus un equipo completísimo de jugador de football americano, hombreras y casco incluídos. En ése entonces, inocente como era yo (he de decir que me identifico mucho con el chiste ése de "¿De qué se ríe Santa Claus? De las cartitas de los niños pobres.) suponía que Santa Claus haría lo imposible para cumplir mi deseo. Me había portado bien todo ése año (salvo una que otra travesura), tenía excelentes calificaciones y sobre todo, obedecía ciegamente las órdenes de mis padres (bueno, casi...), así que no tenía excusa para no traerme el regalo solicitado. Lo que no contaba era con la astucia del buen panzón de rojo. Al pie del árbol de navidad ése año, amaneció el más completísimo equipo de football americano, encarnado en un reglamento de dicho deporte y un reluciente balón oficial... y nada más. Chasco de chascos, a mi hermanito sí le trajeron sus patines, lo que me dió mucho coraje por que apenas sabía leer y no pronunciaba correctamente la "R".
Pero cinco años después tomé venganza. Ya estaba yo bastante peludito (el hecho de afeitarte a los 13 años no es para desdeñarse) y sabía LA VERDAD. Santa Claus y los Reyes Magos son los papás. Obviamente, esperé hasta el día 23 de diciembre para decirle a mi hermano, que anduvo llorando y deprimido todo el día. Y lo reté a quedarse despierto junto al árbol para comprobar la verdad. Después de la cena en casa de mis primos más grandes, regresamos a casa, y yo me dirigí tranquilamente a mi cama mientras mi hermano se llevaba cobijas y almohadas para "velar junto al árbol" y descubrir a mis padres poniendo los regalos bajo dicha planta. Obviamente, mis sabios progenitores SABÍAN que yo había hecho mi diablura y también se dirigieron a dormir (supongo yo) sin dejar los susodichos regalitos. Grande fue mi regocijo la mañana siguiente por la megagripa que había pescado mi hermano, la total ausencia de juguetes y más todavía por que gracias a mis ahorros me había comprado mi primer reloj de pulso y lo estaba estrenando muy ufano. El berrinche de mi hermano fue tal que creo que desde ahí tiene el tono de piel verdoso que lo distingue y le ganó el mote de Sr. Spock entre los cuates.
Como ya lo expresé en otra entrada de mi blog, mi padre murió un 21 de diciembre, así que ése año la navidad se contentó con una cena como del diario, triste, callada y llorosa. Pero al día siguiente 25, con toda la rabia que un adolescente puede contener, me dediqué a quitar el nacimiento que tradicionalmente pone mi madre. Al ver ésto, mi progenitora me recriminó y le contesté "No tiene caso tener éste adorno ahora, extraño a mi padre y ningún dios me lo devolverá jamás". Creo que hasta cierto punto mi madre entendió el punto y no dijo nada más.
Y la última, simplemente travesura. Vivía con mi tercera esposa y sus hijas estaban pequeñas, lo suficiente para todavía tener la ilusión de los regalitos, juguetes y demás. Se me ocurrió la broma de comprar TODOS los regalos y esconderlos por toda la casa, dentro de los clósets, el refrigerador, el horno, y hasta en la caja de arena del gato. He de decir que fue la navidad más divertida para muchos, y sobre todo, la que más sorpresas tuvo.
Y así, tranquilamente y sin prisas, sin más presión que el de saber que no hay nada qué celebrar salvo nuestra propia Humanidad, la navidad ha pasado a un tercer y cuarto plano en mi persona.
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Las Navidades del Dragón de Madera.
La época invernal para mí siempre ha sido una de las más felices, independientemente de su contenido. Simplemente, ODIO el calor, y cualquier clima que no me haga sudar como verraco para mí es bueno o excelente. Pero específicamente, tengo tres o cuatro navidades grabadas a fuego en la memoria...
La primera, tendría como 8 o 9 años, y había descubierto que existe un deporte llamado Football Americano. Me fascinaba ver las formaciones de los jugadores, las jugadas espectaculares, fuí testigo presencial (bueno, por televisión) de la llamada "Inmaculada Recepción" de Franco Harris para ganarle a los Raiders de Oakland, la Cortina de Acero...; así que ésa navidad le pedí a Santa Claus un equipo completísimo de jugador de football americano, hombreras y casco incluídos. En ése entonces, inocente como era yo (he de decir que me identifico mucho con el chiste ése de "¿De qué se ríe Santa Claus? De las cartitas de los niños pobres.) suponía que Santa Claus haría lo imposible para cumplir mi deseo. Me había portado bien todo ése año (salvo una que otra travesura), tenía excelentes calificaciones y sobre todo, obedecía ciegamente las órdenes de mis padres (bueno, casi...), así que no tenía excusa para no traerme el regalo solicitado. Lo que no contaba era con la astucia del buen panzón de rojo. Al pie del árbol de navidad ése año, amaneció el más completísimo equipo de football americano, encarnado en un reglamento de dicho deporte y un reluciente balón oficial... y nada más. Chasco de chascos, a mi hermanito sí le trajeron sus patines, lo que me dió mucho coraje por que apenas sabía leer y no pronunciaba correctamente la "R".
Pero cinco años después tomé venganza. Ya estaba yo bastante peludito (el hecho de afeitarte a los 13 años no es para desdeñarse) y sabía LA VERDAD. Santa Claus y los Reyes Magos son los papás. Obviamente, esperé hasta el día 23 de diciembre para decirle a mi hermano, que anduvo llorando y deprimido todo el día. Y lo reté a quedarse despierto junto al árbol para comprobar la verdad. Después de la cena en casa de mis primos más grandes, regresamos a casa, y yo me dirigí tranquilamente a mi cama mientras mi hermano se llevaba cobijas y almohadas para "velar junto al árbol" y descubrir a mis padres poniendo los regalos bajo dicha planta. Obviamente, mis sabios progenitores SABÍAN que yo había hecho mi diablura y también se dirigieron a dormir (supongo yo) sin dejar los susodichos regalitos. Grande fue mi regocijo la mañana siguiente por la megagripa que había pescado mi hermano, la total ausencia de juguetes y más todavía por que gracias a mis ahorros me había comprado mi primer reloj de pulso y lo estaba estrenando muy ufano. El berrinche de mi hermano fue tal que creo que desde ahí tiene el tono de piel verdoso que lo distingue y le ganó el mote de Sr. Spock entre los cuates.
Como ya lo expresé en otra entrada de mi blog, mi padre murió un 21 de diciembre, así que ése año la navidad se contentó con una cena como del diario, triste, callada y llorosa. Pero al día siguiente 25, con toda la rabia que un adolescente puede contener, me dediqué a quitar el nacimiento que tradicionalmente pone mi madre. Al ver ésto, mi progenitora me recriminó y le contesté "No tiene caso tener éste adorno ahora, extraño a mi padre y ningún dios me lo devolverá jamás". Creo que hasta cierto punto mi madre entendió el punto y no dijo nada más.
Y la última, simplemente travesura. Vivía con mi tercera esposa y sus hijas estaban pequeñas, lo suficiente para todavía tener la ilusión de los regalitos, juguetes y demás. Se me ocurrió la broma de comprar TODOS los regalos y esconderlos por toda la casa, dentro de los clósets, el refrigerador, el horno, y hasta en la caja de arena del gato. He de decir que fue la navidad más divertida para muchos, y sobre todo, la que más sorpresas tuvo.
Y así, tranquilamente y sin prisas, sin más presión que el de saber que no hay nada qué celebrar salvo nuestra propia Humanidad, la navidad ha pasado a un tercer y cuarto plano en mi persona.
La primera, tendría como 8 o 9 años, y había descubierto que existe un deporte llamado Football Americano. Me fascinaba ver las formaciones de los jugadores, las jugadas espectaculares, fuí testigo presencial (bueno, por televisión) de la llamada "Inmaculada Recepción" de Franco Harris para ganarle a los Raiders de Oakland, la Cortina de Acero...; así que ésa navidad le pedí a Santa Claus un equipo completísimo de jugador de football americano, hombreras y casco incluídos. En ése entonces, inocente como era yo (he de decir que me identifico mucho con el chiste ése de "¿De qué se ríe Santa Claus? De las cartitas de los niños pobres.) suponía que Santa Claus haría lo imposible para cumplir mi deseo. Me había portado bien todo ése año (salvo una que otra travesura), tenía excelentes calificaciones y sobre todo, obedecía ciegamente las órdenes de mis padres (bueno, casi...), así que no tenía excusa para no traerme el regalo solicitado. Lo que no contaba era con la astucia del buen panzón de rojo. Al pie del árbol de navidad ése año, amaneció el más completísimo equipo de football americano, encarnado en un reglamento de dicho deporte y un reluciente balón oficial... y nada más. Chasco de chascos, a mi hermanito sí le trajeron sus patines, lo que me dió mucho coraje por que apenas sabía leer y no pronunciaba correctamente la "R".
Pero cinco años después tomé venganza. Ya estaba yo bastante peludito (el hecho de afeitarte a los 13 años no es para desdeñarse) y sabía LA VERDAD. Santa Claus y los Reyes Magos son los papás. Obviamente, esperé hasta el día 23 de diciembre para decirle a mi hermano, que anduvo llorando y deprimido todo el día. Y lo reté a quedarse despierto junto al árbol para comprobar la verdad. Después de la cena en casa de mis primos más grandes, regresamos a casa, y yo me dirigí tranquilamente a mi cama mientras mi hermano se llevaba cobijas y almohadas para "velar junto al árbol" y descubrir a mis padres poniendo los regalos bajo dicha planta. Obviamente, mis sabios progenitores SABÍAN que yo había hecho mi diablura y también se dirigieron a dormir (supongo yo) sin dejar los susodichos regalitos. Grande fue mi regocijo la mañana siguiente por la megagripa que había pescado mi hermano, la total ausencia de juguetes y más todavía por que gracias a mis ahorros me había comprado mi primer reloj de pulso y lo estaba estrenando muy ufano. El berrinche de mi hermano fue tal que creo que desde ahí tiene el tono de piel verdoso que lo distingue y le ganó el mote de Sr. Spock entre los cuates.
Como ya lo expresé en otra entrada de mi blog, mi padre murió un 21 de diciembre, así que ése año la navidad se contentó con una cena como del diario, triste, callada y llorosa. Pero al día siguiente 25, con toda la rabia que un adolescente puede contener, me dediqué a quitar el nacimiento que tradicionalmente pone mi madre. Al ver ésto, mi progenitora me recriminó y le contesté "No tiene caso tener éste adorno ahora, extraño a mi padre y ningún dios me lo devolverá jamás". Creo que hasta cierto punto mi madre entendió el punto y no dijo nada más.
Y la última, simplemente travesura. Vivía con mi tercera esposa y sus hijas estaban pequeñas, lo suficiente para todavía tener la ilusión de los regalitos, juguetes y demás. Se me ocurrió la broma de comprar TODOS los regalos y esconderlos por toda la casa, dentro de los clósets, el refrigerador, el horno, y hasta en la caja de arena del gato. He de decir que fue la navidad más divertida para muchos, y sobre todo, la que más sorpresas tuvo.
Y así, tranquilamente y sin prisas, sin más presión que el de saber que no hay nada qué celebrar salvo nuestra propia Humanidad, la navidad ha pasado a un tercer y cuarto plano en mi persona.
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jueves, 10 de diciembre de 2009
La Gran Marabunta.
Aunque más bien, debería hablar de dos marabuntas.
Existe una raza de hormigas que viven en Sudamérica, que son conocidas como hormigas de fuego y los caribes las llamaban "marabunta". No son territoriales, no construyen nido, se dedican a viajar como un todo y a arrasar con todo lo que se encuentran a su paso (se han filmado un par de películas Clase B sobre éste hecho), además de ser una cantidad calculada en MILLONES de individuos. Altamente agresivas, comen plantas, animales, atraviesan arroyos y escalan montañas. Nada está a salvo de ellas y la única manera de combatirlas es con fuego o gasolina. Se han dado casos que hasta reses enteras se han devorado, dejando en la ruina a los ranchos ganaderos de la Guyana.

Ahora bien, en México se tienen dos marabuntas decembrinas. Una de ellas, las pinchemilseiscientas peregrinaciones a la basílica de Guadalupe. Personalmente puedo decir que los visitantes son millones, cada año más y más, ejerciendo las más diversas actitudes, llegan en bicicleta, camioneta de redilas, a caballo, en burro, corriendo, caminando, de rodillas, algunos con toda su familia, los más de ellos organizados en un multitudinario y abigarrado contingente de toda la gente de su pueblo o ranchería, SIEMPRE dejando toneladas de basura, excremento humano y animal, plástico, vidrio y a veces uno que otro muertito, SIEMPRE estorbando el tránsito de avenidas principales y secundarias. Y también, personalmente, sufro cuando por el paso de éstas personitas cuando echan sus cohetones, o escucho sus cánticos o claxonazos, ya que pasan durante la madrugada del 12 de diciembre a escasas dos cuadras de mi casa. Y como con la marabunta original, de un momento a otro desaparecen y no se vuelve a saber de ellos hasta el año siguiente. Justo es decir que a veces el fervor se transforma en fanatismo al punto que muchos de ellos portan camisetas con la imagen de la tilma de Juan Diego; un trapo para recordar a otro trapo.

La segunda marabunta es más discreta, pero no menos peligrosa. Comienza el día 1 de diciembre y no se termina hasta el 24 de diciembre en la tarde, exacerbándose el día 15 y 20 de diciembre, cuando se reciben los bonos de fin de año (expresados en dinero o vales de despensa) y cuando salen los más pequeños de vacaciones invernales. Es literalmente IMPOSIBLE transitar por el Centro Histórico de la Ciudad de México con otra intención que no sea la de integrarse a éste contingente de compradores de lo útil y lo inútil, de lo consumible y lo imperecedero, de muebles, cobijas, sweaters, ropa, calzado, y tantos miles de etcéteras como expresiones del gusto popular considera "necesario" comprar para "satisfacer" las navideñas necesidades. Y no digamos cuando uno tiene la necesidad y la desgracia de conducir un automóvil por ése sector: hay que armarse de MUCHA paciencia y además de mucha gasolina, por que seguramente estarás implicado en un atasco de tráfico de kilómetros antes aún de llegar a un lugar medianamente decente para estacionar el auto. Pero ésto no para ahí. Las tiendas y comercios de toda la zona se especializan en llamar la atención, mediante el recurso de comprar o alquilar las bocinas más grandes del mercado y transmitir la música populachera al nivel de volumen más alto posible. El resultado es una cacofonía a niveles enloquecedores, sumado a la enorme cantidad de gente y a la presión de "comprar el regalo perfecto" que puede domeñar al más templado.
No participo VOLUNTARIAMENTE en ninguna de éstas marabuntas, aunque en su momento lo hice. Siendo Scout, alguna vez se nos ocurrió la puntada de ir a ayudar a la Basílica a los peregrinos y después de un par de experiencias, nos juramos mutuamente que JAMÁS repetiríamos la hazaña si no queríamos quedar en calidad de estampillas postales en alguna pared o como parte del pavimento de la basílica. Y como soy ateo y me revienta que me regalen o regalar, y en ésta época (al menos para mí) gastar dinero en algo que no sea para mí o para utilizar en mi trabajo me duele enormemente, prefiero no meterme a la marabunta que devora todo el contenido de tiendas y almacenes.
Loor a quienes lo hacen, su valentía no tiene límites.
Existe una raza de hormigas que viven en Sudamérica, que son conocidas como hormigas de fuego y los caribes las llamaban "marabunta". No son territoriales, no construyen nido, se dedican a viajar como un todo y a arrasar con todo lo que se encuentran a su paso (se han filmado un par de películas Clase B sobre éste hecho), además de ser una cantidad calculada en MILLONES de individuos. Altamente agresivas, comen plantas, animales, atraviesan arroyos y escalan montañas. Nada está a salvo de ellas y la única manera de combatirlas es con fuego o gasolina. Se han dado casos que hasta reses enteras se han devorado, dejando en la ruina a los ranchos ganaderos de la Guyana.
Ahora bien, en México se tienen dos marabuntas decembrinas. Una de ellas, las pinchemilseiscientas peregrinaciones a la basílica de Guadalupe. Personalmente puedo decir que los visitantes son millones, cada año más y más, ejerciendo las más diversas actitudes, llegan en bicicleta, camioneta de redilas, a caballo, en burro, corriendo, caminando, de rodillas, algunos con toda su familia, los más de ellos organizados en un multitudinario y abigarrado contingente de toda la gente de su pueblo o ranchería, SIEMPRE dejando toneladas de basura, excremento humano y animal, plástico, vidrio y a veces uno que otro muertito, SIEMPRE estorbando el tránsito de avenidas principales y secundarias. Y también, personalmente, sufro cuando por el paso de éstas personitas cuando echan sus cohetones, o escucho sus cánticos o claxonazos, ya que pasan durante la madrugada del 12 de diciembre a escasas dos cuadras de mi casa. Y como con la marabunta original, de un momento a otro desaparecen y no se vuelve a saber de ellos hasta el año siguiente. Justo es decir que a veces el fervor se transforma en fanatismo al punto que muchos de ellos portan camisetas con la imagen de la tilma de Juan Diego; un trapo para recordar a otro trapo.

La segunda marabunta es más discreta, pero no menos peligrosa. Comienza el día 1 de diciembre y no se termina hasta el 24 de diciembre en la tarde, exacerbándose el día 15 y 20 de diciembre, cuando se reciben los bonos de fin de año (expresados en dinero o vales de despensa) y cuando salen los más pequeños de vacaciones invernales. Es literalmente IMPOSIBLE transitar por el Centro Histórico de la Ciudad de México con otra intención que no sea la de integrarse a éste contingente de compradores de lo útil y lo inútil, de lo consumible y lo imperecedero, de muebles, cobijas, sweaters, ropa, calzado, y tantos miles de etcéteras como expresiones del gusto popular considera "necesario" comprar para "satisfacer" las navideñas necesidades. Y no digamos cuando uno tiene la necesidad y la desgracia de conducir un automóvil por ése sector: hay que armarse de MUCHA paciencia y además de mucha gasolina, por que seguramente estarás implicado en un atasco de tráfico de kilómetros antes aún de llegar a un lugar medianamente decente para estacionar el auto. Pero ésto no para ahí. Las tiendas y comercios de toda la zona se especializan en llamar la atención, mediante el recurso de comprar o alquilar las bocinas más grandes del mercado y transmitir la música populachera al nivel de volumen más alto posible. El resultado es una cacofonía a niveles enloquecedores, sumado a la enorme cantidad de gente y a la presión de "comprar el regalo perfecto" que puede domeñar al más templado.
No participo VOLUNTARIAMENTE en ninguna de éstas marabuntas, aunque en su momento lo hice. Siendo Scout, alguna vez se nos ocurrió la puntada de ir a ayudar a la Basílica a los peregrinos y después de un par de experiencias, nos juramos mutuamente que JAMÁS repetiríamos la hazaña si no queríamos quedar en calidad de estampillas postales en alguna pared o como parte del pavimento de la basílica. Y como soy ateo y me revienta que me regalen o regalar, y en ésta época (al menos para mí) gastar dinero en algo que no sea para mí o para utilizar en mi trabajo me duele enormemente, prefiero no meterme a la marabunta que devora todo el contenido de tiendas y almacenes.
Loor a quienes lo hacen, su valentía no tiene límites.
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